2018, año marcado por la violencia

En un país marcado por el dolor, el perdón no basta. Desde aquel mítico slogan calderonista que repetía “para que la droga no llegue a tus hijos”, la dichosa guerra contra el narcotráfico logró justamente lo contrario a su propósito original. Con la llegada del ejército a las calles, los asesinatos se multiplicaron y las ciudades se convirtieron en un hervidero de sangre, balas y cuerpos. En 2016, el general de división Salvador Cienfuegos, Secretario de la Defensa Nacional, reconoció públicamente el desgaste de las tropas militares: un acto que, aunque pudiera parecer menor, no fue más que uno de los síntomas de la enfermedad que aquejaba al país. 500,000 soldados habían sido movilizados para frenar al crimen organizado. Si la milicia estaba desbordada, querría decir que la cosa se había salido de control por mucho. Y así fue.

Este año, como todos, el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública ha dado a conocer el Instrumento para el Registro, Clasificación y Reporte de Delitos y las Víctimas, y los datos que arrojan no son nada alentadores. Hasta el término de junio de este año, se contabilizan 146,881 víctimas de delitos contra la vida y la integridad personal. De ellas, 24,501 son homicidios, que contrastan con los 25,339 asesinatos cometidos en todo 2017. Por otro lado, 402 de esos delitos son feminicidios, 467 son secuestros y 2413 son extorsiones. Hasta el momento, mayo se ha convertido en el mes más violento de 2018: tan solo 4,383 homicidios ya forman parte de la embarazosa cifra que ha cimbrado a un país entero. La tendencia, basada en el primer semestre de 2018, afirma que en México se comete un promedio de 88.7 asesinatos por día: en cifras más prácticas, 3.7 homicidios por hora. 68% de estos crímenes ha sido cometido con arma de fuego.

Al comparar con datos del 2017, los homicidios en este año han aumentado en un 14%, con 11.01 homicidios por cada cien mil habitantes: la tasa más alta desde 1997, año en que comenzó el registro. Lo más grave es que México ya enfrenta tres años en los que la violencia y los asesinatos parecieran ir en ascenso, en lugar de aminorarse. La cifra de desaparecidos no deja de crecer. Hasta octubre de 2017, la cifra de homicidios dolosos en los sexenios de Calderón y Peña Nieto sumaban 234,996: el gobierno de Enrique Peña Nieto ya es catalogado como el sexenio más violento desde la época de la Revolución Mexicana.

Hasta el 2016, se habían invertido alrededor de 6,600 millones de pesos en el tema de tratamiento y prevención de las adicciones. Pero pareciera que la inversión monetaria no ha avanzado. El tema del narcotráfico, sin embargo, va mucho más allá de lo evidente: el sistema mexicano ha encarecido las condiciones de vida para muchos, los precios de la cansta básica aumentan cada día más y los sueldos se mantienen estáticos. La farsa de que “el que trabaja más duro tiene más dinero” poco a poco ha comenzado a desmentirse: las estadísticas y los estudios más recientes señalan que la riqueza está en manos de unos cuantos, y la mayoría de esa riqueza es obtenida gracias a herencias, compadrazgos y la corrupción. En un país donde el pobre ha sido minimizado y al que se le han negado oportunidad tras oportunidad, el ingreso más fácil ha llegado de manos del narcotráfico.

El sexenio de Peña Nieto ha prometido mucho y abarcado poco en el tema del combate a la violencia. La Universidad de Uppsala, en Suecia, ha dado a conocer que México se encuentra en la lista de los 10 países más violentos por conflictos armados en el mundo. Las muertes en México superan los acaecidos en lugares como Afganistán y Somalia, y la OMS ya ha declarado que los niveles de violencia en México se equiparan a los de cualquier guerra declarada. Según el INEGI, 70% de mexicanos aseguran que se sienten inseguros viviendo en su propio país.

Y es que, a pesar de los esfuerzos de las autoridades por retomar la dirección del conflicto, la ola de violencia pareciera convertirse cada vez más en un tsunami de proporciones gigantescas, que ignoramos cuándo nos vaya a alcanzar. Sus consecuencias han sido devastadoras, y han dejado entrever la cara más oscura del sistema mexicano: la de la impunidad y la corrupción en su expresión más denigrante. La violencia ya comienza a formar parte del día a día en México, y está desde en morbosas primeras planas hasta en la radio que suena en plazas, autobuses y automóviles. El meollo de la violencia no radica simplemente en tapar el sol con un dedo ni en buscar la solución más obvia: se trata de todo un complejo entramado de circunstancias que deben analizarse y llevarse a la reflexión en distintos sectores para entender realmente cuál es la mejor forma de combatir el problema. Después de la guerra contra el narcotráfico, una cosa queda clara: la violencia no se detiene con más violencia. Habrá que analizar los mecanismos que el siguiente gabinete tomará para reparar una de las heridas más profundas de México, que lamentablemente sigue siendo una herida que sigue manando sangre a borbotones.

 

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