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Martes 18 de Junio del 2019
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La poesía de Gorostiza

Poesía (FCE, 1982) reúne tres libros de José Gorostiza (1901-1973): Canciones para cantar en las barcas (1925), que es su primer poemario; Del poema frustrado (1964), con poemas anteriores a 1940 y que podrían verse, así lo señala Jorge Ortega, como el antecedente a Muerte sin fin (1939), su obra cumbre. Los tres libros están precedidos por el ensayo Notas sobre poesía, que es el prólogo.

Gorostiza en el ensayo define a la poesía “como una investigación de ciertas esencias -el amor, la vida, la muerte, Dios- que se produce en un esfuerzo por quebrantar el lenguaje de tal manera que, haciéndolo más transparente, se pueda ver a través de él dentro de esas esencias”.

Y del poeta dice que “no puede, sin ceder su puesto al filósofo, aplicar todo el rigor del pensamiento al análisis de la poesía. Él simplemente la conoce y la ama. Sabe dónde está y de donde se ha ausentado. En un como andar a ciegas, la persigue. La reconoce en cada una de sus fugaces apariciones y la captura por fin, a veces, en una red de palabras luminosas, exactas, palpitantes.”

El poeta plantea que “si la poesía no fuese un arte sui generis y hubiese necesidad de establecer su parentesco respecto de otras disciplinas, yo me atrevería a decir aún (en estos tiempos) que la poesía es música y, de un modo más preciso, canto” y añade que el poema “de la primera a la última línea crece y va tomando cuerpo insensiblemente como en el desarrollo de un ser vivo, de un fruto o de una flor, hasta que alcanza sin esfuerzo, naturalmente, el tamaño, la estatura, la proporción que le dicta su propio aliento vital”.

Y Gorostiza termina el ensayo afirmando que “en poesía, como sucede con el milagro, lo que importa es la intensidad. Nadie sino el Ser Único más allá de nosotros, a quien no conocemos, podría sostener en el aire, por pocos segundos, el perfume de una violeta. El poeta puede -a semejanza suya- sostener por un instante mínimo el milagro de la poesía. Entre todos los hombres, él es uno de los pocos elegidos a quien se puede llamar con justicia un hombre de Dios”.

Los tres libros, en secuencia histórica, registran el proceso por el cual Gorostiza “fue ahondando en la percepción lírica hasta llegar a concebir su oficio como el medio adecuado para iluminar las cuestiones fundamentales que el hombre se planeta a sí mismo”, se dice en la segunda de forros.

En Canciones para cantar en las barcas se hace presente la claridad en la expresión y también el uso de imágenes intencionadas. Así “la nitidez de las Canciones, concebidas para reconocer un mundo propicio a la práctica de la imaginación y de la gracia, se convirtió al transcurrir del tiempo en el puente que conduce hacia una actitud reflexiva que finalmente definió su trabajo poético. La belleza inicial de la imagen se enriqueció con el juego de las ideas y pasó a ser, en páginas posteriores, el reflejo de la conciencia del poeta”, afirma quien escribió la segunda de forros.

Las poesías Del poema frustrado reúnen una serie de escritos de “transición” entre Cantares y Muerte Sin Fin. Gorostiza encuentra su propio estilo. En estos poemas ya está presente su manera de ser poeta y escribir y decir la poesía.

Muerte sin fin es la culminación del proceso creativo emprendido por el poeta. Está presente la manifestación de “las antiguas corrientes literarias que incitaron también la pluma de algunos poetas pertenecientes a la generación de Gorostiza. A la novedad expresiva, reunieron los sentimientos de una muerte siempre a la vista, que transcurre en forma paralela al devenir de la existencia personal”, se plantea en la cuarta de forros.

En este libro el poeta canta esas sensaciones, pero va más allá y las ubica en el mundo que le ha tocado vivir. En cada poema, que es canto, está presente “la invariable reflexión acerca de destino humano y el alcance probable del campo racional, se manifiesta en Muerte sin fin con un sentido depurado que difícilmente encuentra similitud en la historia de la poesía mexicana”, se dice en la cuarta de forros.

Jorge Ortega, en Letras Libres (2009), plantea que “si en Canciones para cantar en las barcas destacan la versificación de arte menor y la estrofa castiza, Del poema frustrado ostenta con lucidez el manejo de los metros de sílabas impares propios del arte mayor. Muerte sin fin es la culminación del ejercicio de tales recursos, pero con la variante que implica reutilizar los modelos folclóricos en los interludios a los que acuden la seguidilla, derivada de las jarchas mozárabes, y el romance”.

Y añade que Gorostiza “se dejó contaminar tanto por los ritmos de extracción vernácula como por los de estirpe clasicista. El aire de sofisticación o alambicamiento que rodea su figura no radica en la elección de un criterio en menoscabo de otro, sino en la fluctuación de ambas prosodias. Su procuración de lo esencial se funda en un apego al mundo primigenio y en una irreprimible tendencia a la interiorización. Lo primero se traduce en la humildad de sus motivos –bienes mostrencos– y en el rasgo genésico de sus escenarios –el paisaje, la flora, el cuerpo humano–; lo segundo en el afán de introspección que acaba cebándose en el callejón sin salida del ensimismamiento”.

Los críticos literarios de Gorostiza señalan su cercanía con la poesía del Siglo de Oro y se menciona de manera particular afinidades con Luis de Góngora y san Juan de la Cruz. Se le relaciona también con la generación del 27 en España y desde luego con el grupo de los Contemporáneos de los cuales era parte. Jorge Ortega dice que “si los aciertos de su retórica son fruto de su humor inventivo y el rigor formal, y suponen a la vez una síntesis de la estética del modernismo decadente, el purismo ultraísta y el culteranismo puesto en boga por la generación del 27”.

Rubén Aguilar Valenzuela

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