Meditaciones del Papa para Vía Crucis en el Coliseo

Meditaciones del Papa para Vía Crucis en el Coliseo

Tiziana Campisi – Ciudad del Vaticano

Es un diálogo con Jesús el que desarrolla el papa Francisco en las meditaciones del Vía Crucis del Viernes Santo en el Coliseo, una conversación cara a cara con Cristo, compuesta de reflexiones, interrogantes, introspecciones, confesiones e invocaciones. Una larga oración íntima que, en este Año de la Oración, preludio del Jubileo, deja hablar al corazón humano. En las catorce estaciones, los sufrimientos de Jesús camino del Gólgota, los encuentros a lo largo de la Vía Dolorosa, la mirada amorosa de María que bajo la Cruz se convierte en Madre de todos los hombres, las mujeres capaces de gestos tiernos y valientes en los momentos más dramáticos, el Cirineo dispuesto a ofrecer su ayuda al Nazareno condenado a muerte, José de Arimatea que ofrece ese sepulcro donde Dios vencerá a la muerte, provocan un examen de conciencia que luego se convierte en oración, con una invocación final que repite catorce veces el nombre de Jesús.

El Papa introduce el Vía Crucis, subrayando que la oración caracterizó cada uno de los días de Jesús, con matices diferentes: como conversación con Dios, «lucha y petición, ‘Aleja de mí este cáliz'», «entrega confiada y don, ‘Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya'». Ante el miedo a la muerte y la «angustia bajo el peso de nuestros pecados», aquella oración se hizo más intensa y «la violencia del dolor» se convirtió en «ofrenda de amor» por la humanidad.

El silencio de Jesús

En la primera estación, para hacernos reflexionar está el silencio de Jesús ante el «falso proceso» que le condena, un silencio fecundo que «es oración, es mansedumbre, es perdón, es la vía para redimir el mal, para convertir tus sufrimientos en un don que nos ofreces», explica Francisco. Un silencio que el hombre de hoy no conoce, porque no encuentra tiempo para detenerse y permanecer con Dios y «dejar actuar su Palabra», pero que «estremece», porque enseña que la oración nace «de un corazón que sabe escuchar». La cruz con la que carga Cristo (segunda estación), en cambio, recuerda experiencias que todos vivimos: penas, dolor, decepciones, heridas, fracasos, cruces que también nosotros llevamos. «Jesús, ¿cómo rezar ahí?», pregunta el Papa, dando voz a una petición común, ¿cómo hacerlo cuando uno se siente aplastado por la vida? Cristo nos invita a acercarnos a Él, si estamos cansados y oprimidos, para que nos dé descanso, pero nosotros rumiamos, rumiamos, nos hundimos en el victimismo, y entonces Él «sale a nuestro encuentro», llevando nuestras cruces a cuestas, «para quitarnos la carga». Sin embargo, Jesús cae (tercera estación), pero tiene fuerzas para levantarse de nuevo; el resorte que le empuja hacia adelante es el amor, subraya Francisco, «porque el que ama no se queda derrumbado, sino que vuelve a empezar, el que ama no se cansa, sino que corre; el que ama vuela».

María, madre de Jesús, don para la humanidad

Después de la Eucaristía, Cristo nos regala a «María, el último don antes de morir», escribe el Papa meditando sobre la cuarta estación. Jesús camino del Calvario y su Madre: un encuentro que evoca cuidado y ternura, y que nos impulsa a dirigirnos a ella, a María -Madre que Dios da a todos los hombres- para poder «custodiar la gracia», «recordar el perdón y las maravillas de Dios»,  «saborear de nuevo las maravillas de la providencia, a llorar de gratitud». En cambio, el Cirineo que ayuda a Jesús a llevar la cruz (quinta estación) nos hace reflexionar sobre la presunción de hacerlo solo «ante los desafíos de la vida». «¡Qué difícil nos resulta pedir ayuda, ya sea por miedo a dar la impresión de que no estamos a la altura de las circunstancias, o porque siempre nos preocupamos por quedar bien y lucirnos! No es fácil confiar, y menos aún abandonarse».  «Quien reza, enseña el Pontífice, es porque está necesitado, y tú, Jesús, estás acostumbrado a abandonarte en la oración. Por eso no desdeñas la ayuda del Cirineo».

El valor de la compasión

Entre la multitud que asiste al «bárbaro espectáculo» de la ejecución del Nazareno, hay también quien emite «juicios y condenas», arrojando sobre Él «infamias y desprecios», sin conocerle «y sin conocer la verdad». «Sucede también hoy, Señor, reconoce Francisco, y ni siquiera es necesario un cortejo macabro; basta un teclado para insultar y publicar condenas». Pero en Jerusalén, mientras «tantos gritan y juzgan» a Jesús, se presenta una mujer que «va contra la corriente, sola, con la valentía de la compasión; se arriesga por amor, encuentra la manera de pasar entre los soldados sólo para brindarte el consuelo de una caricia en el rostro». Un gesto de consuelo, el de la Verónica, (sexta estación) que pasa a la historia y que nos sitúa ante Cristo, «Amor no amado», que aún hoy, busca «entre la multitud corazones sensibles» a su sufrimiento y a su dolor, verdaderos adoradores, en espíritu y en verdad. Pero «la cruz pesa mucho, lleva en sí el peso de la derrota, del fracaso, de la humillación». Entonces Jesús cae por segunda vez (séptima estación), y volvemos a vernos en Él cuando aplastados por las cosas, asediados por la vida, incomprendidos por los demás, comprimidos «en las garras de la ansiedad» y asaltados por la melancolía, pensamos que no podemos volver a levantarnos, o cuando volvemos a caer en nuestros errores y pecados, cuando nos escandalizamos de los demás y luego nos damos cuenta de que no somos diferentes.

Reconocer la grandeza de las mujeres

Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén (octava estación) y para Francisco es la ocasión de exhortar «a reconocer la grandeza de las mujeres, las que en Pascua te fueron fieles y no te abandonaron, las que aún hoy siguen siendo descartadas, sufriendo ultrajes y violencia». Su llanto nos hace preguntarnos si sabemos conmovernos ante Jesús, crucificado por nosotros, si lloramos nuestras propias falsedades, o ante las tragedias, «ante la locura de la guerra, ante los rostros de los niños que ya no saben sonreír, ante sus madres que los ven desnutridos y hambrientos sin tener siquiera más lágrimas que derramar».

Y contemplando a Cristo despojado de sus vestiduras (novena estación), la invitación del Papa es a ver a Dios hecho hombre «en el sufrimiento», «en quien está despojado de dignidad, en los cristos humillados por la prepotencia y la injusticia, por las ganancias injustas obtenidas a costa de los demás y ante la indiferencia general».

En la cruz, pues, «mientras el dolor físico es más atroz», perdonando a los que «le están poniendo clavos en las muñecas» (décima estación), Jesús nos enseña que podemos encontrar «el valor de elegir el perdón que libera el corazón y relanza la vida».

El amor no queda sin respuesta

En el momento más oscuro y extremo Jesús grita su abandono (11ª estación), ¿cuál es la lección que hay que atesorar? «En las tormentas de la vida: en vez de callar y aguantar, clamar, sugiere Francisco, que en la duodécima estación se detiene en el ladrón que se confía a Cristo, quien a su vez le promete el Paraíso, haciendo así de «la cruz, emblema del tormento, en icono del amor», transformando «la oscuridad en luz, la separación en comunión, el dolor en danza e incluso el sepulcro ―última estación de la vida― en punto de partida de la esperanza». María, que en sus brazos acoge a Jesús muerto (13ª estación), al final del Vía Crucis, nos ayuda a decir sí a Dios, ella que «fuerte en la fe», cree «que el dolor, atravesado por el amor, da frutos de salvación; que el sufrimiento con Dios no tiene la última palabra». Y finalmente, José de Arimatea, custodiando el cuerpo de Jesús para darle digna sepultura (14ª estación) nos muestra que «todo don hecho a Dios recibe una recompensa mayor», «que el amor no queda sin respuesta, sino que da nuevos comienzos», que dar es recibir, «porque la vida se encuentra cuando se pierde y se posee cuando se da».

Vatican News.