OPINIÓN: “A propósito del estado laico”, por David Medina

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Desde la promulgación de la Constitución Mexicana de 1857 el concepto de estado laico se gestó como una nueva realidad en nuestro país, con el sueño de consolidar una nación libre de creer o no creer que brindara las condiciones para el acceso a nuestro país de nuevas corrientes teológicas y filosóficas, así es que nació esta ley.

Sin embargo, la sopesa sería que quieres debieron aprovechar dichas libertades se convertirían en presa de las mismas, pues la prueba de ello es cómo los principales movimientos protestantes de la época desarticularon la infraestructura social que poseían y con ello el sueño por ayudar a resolver los principales problemas sociales de la época reduciendo su campo de acción a la sola oración y estudio de la biblia en comunidades cerradas.

Poco a poco a quedado claro que la responsabilidad social de las Asociaciones Religiosas cada vez es más necesaria y está a la altura de la responsabilidad de cualquier ciudadano que sueña con cambios y transformaciones profundas en la sociedad.

Ésta mala idea de que estado laico representa o significa un estado sin Dios es una falacia, pues evidentemente eso sería imposible, sobre todo en un estado de derecho y de libertades fundamentales, la gran a apuesta de todo gobierno debería ser articular las acciones en beneficio social de todos los frentes y tipos de organización social, respaldarlas y potencializar su trabajo a través de la participación ciudadana, logrando así que todas sus acciones contribuyan a reducir las grandes brechas de desigualdad.

El punto es que “estado laico” significa que el estado brinde las garantías para creer o no creer y no estigmatizar la aportación social de cualquier persona u organización por su credo o profesión de fe.

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